domingo, 11 de enero de 2009

La feliz Navidad que nunca es



Para los hijos de padres divorciados La Navidad, esa época dorada, con todo lo que ella implica, sus arbolitos decorados con luces y bolitas de colores, San Nicolás y Rodolfo su reno preferido en cada esquina,  la paz y armonía familiar que suponen hacerse presente, es algo tan forzado como un cuadrado redondo.

Los niños que nos criamos entre dos aguas, siempre cargamos -como una prótesis dental-, esa angustia de querer estar en dos sitios a la vez, la culpa (que nunca fue nuestra) de algo que se rompió, la ansiedad de estar "bien" con “los dos”. Todos esos sentimientos que permanecían a fuego lento durante todo el año, hacían ebullición cuando llegaba la famosa Navidad.

El 24 lo paso con mi mamá y el 31 con mi papá, o… ¿al revés? ay! pero pobre papá/mamá que no voy a estar con él/ella el 31....   (¡qué locura!)
Aquello suponía la mayoría de las veces tener que viajar de un extremo del país al otro, o de un continente al otro, solita en aquellos fríos aviones para ir a pasar la otra fecha con papá… o mamá? Todo dependía del “arreglo” de ese año.

Todas esas maromas van quedando grabadas en el alma como palabras-heridas que se le hacen al tronco de un árbol con una navaja, el tiempo pasa, se crece, se madura, pero cuando viajas a tu interior y registras, encuentras que todavía están ahí, palabra por palabra que puedes leer claramente.

Hoy, a esas fechas, se le suman otros aliños amargos propios de la vida misma, los ausentes, los que se fueron, la nostalgia de lo que pudo ser y no fue, de lo que todavía pudiera ser y simplemente es un imposible, y en último caso, el paso del tiempo, la consciencia de la finitud, que nos grita y aturde con las doce campanadas del 31 de Diciembre.

Yo me quité la careta y lo digo ya sin que me importe ofender la sensibilidad de los demás, esta época no me gusta, no me gusta ni un poquito, no me gustan los regalos inservibles, no me gusta que me regalen por cumplir, no me gusta regalar por obligación, odio los quince mil adornitos-basura regados por toda la casa, NO-ME-GUSTA, y punto.

Me gustan la hallacas, eso sí, el pan de jamón, el pernil, la ensalada de gallina, el dulce de lechoza, y el vino tinto, por eso, ya antes del 24 le he hecho la primera visita del año al proctólogo porque mi tubo de escape se va a la ruina con los excesos. Y es que si no es así, ¿cómo se sobrelleva tanto exceso de equipaje?

El que esté libre de culpa que lance la primera piedra.



1 comentario:

Saldivia dijo...

JA JA JA JA JA Eso del "tubo de escape" quedo de lujo, tengo como 1 hora riendome!

Y coincido contigo en mucho de lo que planteas. La gastronomia navideña me encanta, pero muchos de los otrtos añadidos de la fecha me resultan incomodos.

Lo que mas detesto es cuando en lugares donde trabajo o en casas de gente que me conoce poco dicen "Ay! usted es arquitecto, verdad? Buenisimo, para que ayude a montar la decoracion navideña, usted debe saber mucho de eso"

Como si los arquitectos fuesemos unos simples colocadores de parafernalia absurda, chillona y horripilante, y unos descastados de la ecologia, arruinando el ecosistema del dosel vegetal con esa rapiña del musgo que se acostumbra ene sa epoca.

Pero me resulta mas simple, en vez de explicar todo eso, decir "A mi no me gusta la decoracion navideña". Alla algunos colegas, que por necesidad o gusto lidian con ese maximalismo abrumador.

Yo me limito a tragar y a enviarle tarjetas a mis seres queridos... y santas pascuas! como dirian en España.